Sobre el error de disponibilidad y el dilema del prisionero

por mmora

En el año 75, una de las películas con más éxito fue “Tiburón” (Jaws), película de la cuál más o menos todos recordamos la banda sonora y su protagonista, un enorme tiburón. La proyección del filme causó una bajada drástica del número de bañistas en California, sitio dónde ocasionalmente se puede encontrar algún espécimen cerca de las playas. Curiosamente, el riesgo de ser atacado por un tiburón es varios órdenes de magnitud menor que el de sufrir un accidente camino de la playa. Lo que ejemplifica que la gente no tiene en cuenta los hechos ciertos, sino que se guía  o por lo que produce una más profunda impresión o por lo primero que le viene a la mente.

Para ilustrarlo, nos sirve una pregunta muy simple: ¿hay más palabras que empiecen por “r” o que tengan la “r” digamos en la tercera posición? Si no percibimos que hay algún tipo de “truco” diríamos que las hay más empezando con “r”. Y no tan sólo no es así, sino que la cantidad de palabras en el segundo caso es notablemente mayor que en el primero. La causa de este error es muy simple: las palabras, tanto en el diccionario como en nuestras mentes, se organizan a partir de su letra inicial. Así, nos vienen mucho más rápido a la cabeza palabras como ratón o rojo que párpado o marmota. Este es el llamado error de disponibilidad.

El problema del error de disponibilidad es que trae muy de cerca otra falacia, la cual suele tener consecuencias más directas. Supongamos que quieres comprarte un coche. Se lo mencionas a un amigo próximo y éste te da una descripción espectacular de su propio coche. Totalmente impresionado, corres a comprar ese mismo modelo. Desafortunadamente, tu coche es un desastre. La disponibilidad y proximidad de su descripción te han hecho olvidar el resto; te han hecho subjetivo. Has cometido la segunda falacia de la disponibilidad: no importa lo bueno que sea el coche de tu amigo, puesto que puede no ser representativo de ese modelo en general. No hay dos coches del mismo tipo que den el mismo rendimiento, y el suyo puede ser excepcionalmente bueno.

Múltiples estudios hay al respecto, pero encuentro uno especialmente curioso. Dos grupos de sujetos distintos. Al primero se le da para memorizar una lista de adjetivos positivos (por ejemplo, seguro o persistente). Al segundo, negativos (como tozudo). Una vez memorizados, se les cuenta la misma historia de un personaje que tiene algunos hobbies peligrosos y es difícil hacerlo cambiar de idea. ¿El resultado? Los que aprendieron los adjetivos positivos ven al personaje con mejores ojos que los que aprendieron los adjetivos de connotación negativa. Las palabras en su mente han coloreado la historia y alterado su interpretación de la misma.

Si unos simples adjetivos son capaces de variar la percepción de algo que no presenta conexión alguna con los mismos, ¿cómo se verán afectadas las personas cuando los aspectos de la situación sean destacables y altamente conectados con lo que sea que se juzgue?

Para entenderlo, podemos usar la teoría de juegos y su famoso dilema del prisionero. Uso la wikipedia para transcribir su enunciado:

La policía arresta a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos y, tras haberlos separado, los visita a cada uno y les ofrece el mismo trato. Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Si ambos lo niegan, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante seis meses por un cargo menor.

Esto se resume en una tabla:

 

Tú confiesas

Tú lo niegas

Él confiesa

Ambos son condenados a 6 años. Él sale libre y tú eres condenado a 10 años.

Él lo niega

Él es condenado a 10 años y tú sales libre. Ambos son condenados a 6 meses.

El dilema consiste en confesar o no hacerlo – están separados y no saben qué hará el otro. El mejor resultado es si nadie confiesa (la suma de penas sería de 12 meses), pero no confesar es peligroso puesto que si el otro confiesa, quién no lo hace es condenado a 10 años.

A primera vista parece algo alejado de la vida real, pero es algo a lo que nos enfrentamos cada día. Para citar algo a gran escala: las emisiones de CO2. A la larga, es claro que sería beneficioso (para todos los países) cortar las emisiones para disminuir el efecto invernadero, los resultados del cual puede que sean desastrosos. Por otro lado, esta reducción es cara a corto plazo: obliga a depender menos de los combustibles fósiles o a usar menos energía. Si todos los países acuerdan una reducción, todos se benefician. Pero si pocos lo rechazan (ver EEUU o China, que además son muy grandes) mientras el resto lo aceptan, esos pocos que lo rechazan se benefician tanto de evitar los costes como de la reducción de emisiones del resto de países. Además, disfrutan de una ventaja competitiva frente al resto. En un ejemplo más mundano, las piscinas o jardines en un municipio en época de sequía. Si todo el mundo riega a escondidas su jardín o llena su piscina, el agua puede agotarse con efectos desastrosos. Pero si sólo unos pocos actúan contra la comunidad, se benefician con un impacto relativamente pequeño sobre ésta.

El juego ha derivado en especulación infinita porqué no está claro cuál sería la decisión racional. Incluso si tu oponente ha estado colaborando durante un cierto tiempo, no puedes predecir cuándo rechazará hacerlo. En casos iterados (es decir, que la decisión se va repitiendo), hasta ahora, la estrategia que se ha probado como maximizadora del resultado (que no óptima) es la de colaborar con tu oponente en la primera ronda y a partir de aquí, imitar su decisión anterior. Esta estrategia penaliza a tu oponente si no colabora y lo premia por colaborar. Si queréis probarlo, se puede jugar en http://www.wadzar.fr/prisonniers.php.

No obstante, en la vida real es cierto que es difícil que el dilema del prisionero ocurra más de una vez en la misma forma. Trasladado a los ejemplos, los países no tendrán una segunda oportunidad para evitar el desastre climático y los vecinos que regaron su huerta no podrán recuperar el agua para la comunidad aunque se mueran de sed.

Al fin y al cabo, la tragedia de los comunes (ver Garrett Harding) no es más que un caso del dilema del prisionero con muchos agentes (los pastores y las ovejas en un prado finito, equivalente a los vecinos y el agua en la sequía).  Enlazo de nuevo a un artículo previo para referencia (sobre la población mundial y la tragedia de los comunes). En nuestro caso, cada vecino tiene la “tentación” de beneficiarse del agua sin pagar el coste. La “recompensa” por colaborar consiste en negociar las cuotas de agua para no agotarla; el “castigo” para todos sería morir de sed;  el “primo” es quién al no aprovecharse, permite que el resto lo hagan. Ante el riesgo de recibir la paga del “primo” todos ceden a la “tentación” de no cooperar y provocan el “castigo” en vez de la “recompensa”.

Derek Parfit, un filósofo inglés (que por cierto, desarrolló un problema ético muy interesante al que espero poder dedicarle una entrada próximamente) considera que los juegos que tienen más interés para estudiar la lógica del dilema son los que implican a multitud de agentes y no los juegos bilaterales o iterados. Coincido con él cuando afirma que cuánto más participantes están implicados, más irracional es, a nivel individual, abandonar la estrategia que deriva en “castigo” – es decir, más improbable es recibir los beneficios de no ceder a la “tentación”. Para el caso en que el número de participantes N tiende a un número grande, éste es a la vez causa y garantía de que la no cooperación sea una solución estable, haciéndola así permanente e inevitable.

En definitiva (y para lo que nos importa) sólo olvidando los intereses egoístas e individuales (resultadistas a corto plazo) se puede garantizar la supervivencia de la comunidad. Por una vez, para nuestra “recompensa”, seamos todos “primos”.

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